Transiciones justas en Puerto Rico: Interseccionalidades de raza y género

Texto
Bárbara I. Abadía-Rexach,
Colectivo Ilé y Universidad Estatal de San Francisco

Arte
Clara García

Transiciones justas en Puerto Rico: Interseccionalidades de raza y género

Racialización y desastres

En julio de 2009, mi madre, una mujer negra nacida y criada en el pueblo de Fajardo, fue diagnosticada con cáncer de colon, metástasis al hígado, en estadio 4. También padecía diabetes e hipertensión. En noviembre de 2010, a sus 59 años, después de nueve sesiones de quimioterapia, en las que recibió tres regímenes distintos, falleció. Hay estudios científicos que señalan que las personas negras tienen una predisposición genética a ciertas enfermedades crónicas. Valdría la pena pensar qué condiciones ecosociales propenden al desarrollo de estas patologías. Sin duda, dos de las principales son la exposición a la contaminación y los efectos de la crisis climática que impactan desproporcionalmente a las comunidades negras y empobrecidas, que, en su mayoría, cuentan con mujeres como jefas de familia.

Mi madre provenía de un hogar humilde. Desde pequeña, su tío materno, un pescador de la playa Puerto Real de Fajardo, le proveía pescados y otros mariscos a la familia. Ese privilegio permitía que tuviesen alimentos en la mesa, aunque el resto de los productos comestibles no alcanzara a formar la pirámide alimentaria. Mi mamá desarrolló una fascinación por los frutos del mar. De adulta, continuó comprando a pescadores de la zona este, cuyas pescas se realizan entre las 20 millas náuticas que separan a Fajardo de Vieques.   

El 29 de julio de 2001 los residentes del municipio de Vieques, una isla que forma parte del archipiélago de Puerto Rico, votaron a favor de la salida inmediata de la Marina de Guerra de Estados Unidos, que ocupaba terrenos viequenses desde la década de los años 40. La lucha porque terminaran las prácticas militares en la isla Nena se recrudeció con la muerte “accidental” del guardia local David Sanes Rodríguez, víctima de una bomba lanzada desde un avión militar. La desobediencia civil, que aglutinó a figuras nacionales e internacionales, marcó un hito en la historia de las luchas por la descolonización de Puerto Rico. Sin embargo, hoy, los residentes de Vieques sobreviven la contaminación y siguen inundados en un mar de desigualdades económicas, políticas y sociales. El mar que les une geográficamente a la isla grande es el mismo mar que les separa y les coloca en la estela de la inequidad.  

Sin ánimos de generalizar, puedo afirmar que el caso de mi mamá no es único en la zona este de Puerto Rico. A juzgar por la composición demográfica del distrito representativo 36, que comprende los municipios de Vieques, Culebra, Ceiba, Fajardo, Luquillo y Río Grande, la incidencia de cáncer es alarmante. Lo mismo ocurre en la zona sureste y sur, de Maunabo a Santa Isabel, según las estadísticas reportadas1 por el Departamento de Salud y el Centro Comprensivo de Cáncer. A la par, son cuestionables los servicios de salud precarizados a los que tienen acceso las poblaciones vulnerables, mayoritariamente no-blancas (Caraballo & Godreau, 2021), de estos pueblos. Si son personas médico-indigentes, las políticas coloniales neoliberales y las trabas burocráticas retrasan los diagnósticos y tratamientos. Y este panorama, que podría describirse como la colonialidad del desastre (Bonilla & Lebrón, 2019), antecede la pandemia del Coronavirus que ha afectado a Puerto Rico desde marzo de 2020.

Al este del país, se suman las condiciones en las que viven comunidades en Loíza, Canóvanas (Ramos, 2020) y “comunidades especiales” (por ejemplo: Las Monjas, Israel y Bitumul, Barrio Obrero Marina, Buena Vista Hato Rey, Parada 27, Barrio Obrero San Ciprián, Buena Vista Santurce y Cantera) de la capital puertorriqueña. Por otro lado, la antropóloga social Hilda Lloréns ha descrito cómo se racializan, desde la deshumanización, a sectores predominantemente negros y cómo se manifiesta el racismo ambiental en el sur de Puerto Rico a las luz de etnografías llevadas a cabo, principalmente en Guayama, donde la compañía estadounidense Applied Energy Systems (AES, por sus siglas en inglés), desde 2001, ha estado quemando carbón y depositando las cenizas en el pueblo de Peñuelas, y en toda la región sur del país (De Onís, et. al., 2020; Lloréns, 2020; Lloréns, 2019). No sólo les contaminan sus cuerpos de agua; a la par, estas comunidades sureñas –afrodescendientes y empobrecidas– se ven obligadas a respirar las cenizas tóxicas. Estos patrones se repiten alrededor de los 78 municipios que constituyen la nación puertorriqueña. 

A pesar de los resultados y de la tendencia del aumento de la población que se autoidentifica racialmente como negra, la negación de la existencia del racismo antinegritud2 en Puerto Rico persiste. El racismo en Puerto Rico es estructural y sistémico, y opera desde la invisibilización de las poblaciones negras, la representación prejuiciada y estereotipada de las personas visiblemente negras en la educación y los medios de comunicación y la negación de los servicios básicos. En Puerto Rico, se eliminó la variable raza de las estadísticas de personas sin hogar y de los censos de personas encarceladas; tampoco, se toma en consideración esta variable para discutir las inequidades en los servicios de salud y en la esfera laboral. Esta ausencia entorpece la labor de las organizaciones antirracistas y contribuye a que el Estado obvie la implementación de políticas antirracistas y sostenga el mito de la gran familia puertorriqueña.

Ésta es una radiografía de algunos de los desastres que se sobreviven en la colonia puertorriqueña. Cuando lideresas y líderes hacen sus denuncias, el Estado responde con represión. Las vías para lograr un pacto ecosocial basado en la sustentabilidad y la justicia social en el archipiélago puertorriqueño no pueden trazarse sin incluir perspectivas interseccionales de raza y género. Al analizar estas intersecciones, se puede articular un frente sólido que combata los sistemas de opresión que entorpecen el proceso de alcanzar transiciones justas. De entrada, parecería que hablar de género y raza no casa con la conversación sobre la crisis climática; sin embargo, dicha crisis y el reclamo por la justicia ambiental tienen un vínculo ineludible e intrínseco con comunidades marginalizadas y empobrecidas cuyo perfil apunta a mujeres jefas de familia y a comunidades no-blancas en Puerto Rico.

Interseccionalidades de raza y género

Las corrientes cisheteronormativas, patriarcales y blanco-androcéntricas de la Biología y la Antropología, por mencionar sólo dos instancias, han contribuido a la difusión y perpetuación de entendidos equívocos, no cuestionados, que categorizan a los seres humanos y los colocan en espacios diferenciados por razones de raza y género. En la década de los años 70, en Estados Unidos, un grupo de feministas negras lesbianas se organizó en el Combahee River Collective para, entre otros asuntos, denunciar las opresiones que sobrevivían por sus identidades, que no eran atendidas bajo otras corrientes del feminismo. De ahí, surge el concepto interseccionalidad que ha tomado relevancia en los estudios de género y cuir; particularmente, desde el reclamo de urgencia que hace la abogada afroestadounidense Kimberlé Crenshaw para entender de forma conjunta las inequidades por raza y género. En Puerto Rico, el movimiento feminista negro (movimiento Mujer Intégrate Ahora, Unión de Mujeres Puertorriqueñas Negras, Colectiva Feminista en Construcción, entre otras organizaciones) también ha incorporado el análisis interseccional para explicar cómo opera el racismo antinegro en la nación. A la raza y el género, se pueden añadir: clase, nacionalidad, etnicidad, entre otras identidades sociales y políticas. 

A través de la interseccionalidad, se puede entender qué papel juegan las identidades que se asocian a un determinado cuerpo en términos de sus desventajas o privilegios. En un interesante TED Talk, Crenshaw (2016) explica cómo una mujer negra que fue despedida de su empleo vinculó sus identidades de género y raza a las razones por las que fue cesanteada. El patrono descartaba la discriminación porque en la empresa trabajaban mujeres; además, empleaban a hombres negros. Sin embargo, la empleada era una mujer negra. En una entrevista de televisión, mientras explicaba cómo se manifiesta el racismo antinegro en el ámbito de los certámenes de belleza, la moderadora me interrumpió para decirme que todas las mujeres eran víctimas de críticas. Si bien podía tener razón, el caso que analizábamos era el de Miss Universo 2019, Zozibini Tunzi, frente a Miss Puerto Rico, Madison Anderson Berríos. La sudafricana experimentó burlas y degradación por sus características fenotípicas como mujer negra con pelo afro corto; la puertorriqueña, de piel blanca y cabello lacio rubio, fue criticada por no haber nacido en Puerto Rico y hablar en español con un marcado acento estadounidense. A esta última, no se le cuestionaba la belleza física. 

Otro ejemplo puntual de la importancia de la interseccionalidad se encuentra en las críticas infundadas al movimiento #BlackLivesMatter y la insistencia por invalidar el reclamo al indicar que todas las vidas importan, sin reconocer la desproporcionalidad de cuerpos negros asesinados, encarcelados, criminalizados y empobrecidos vis à vis cuerpos blancos. Vale la pena destacar que #LasVidasNegrasImportan, además, denuncia el racismo ambiental y la contaminación por la que no pueden respirar (“I can’t breathe”, como imploraba George Floyd al policía Derek Chauvin) comunidades negras alrededor de Estados Unidos, y Puerto Rico puede incluirse perfectamente. También, hay que insistir que, si bien los hombres son víctimas de violencias, son las mujeres las que mueren a manos de sus esposos, compañeros o exparejas. Entonces, las disparidades que plantean las interseccionalides son opresiones palpables en múltiples instancias y geografías racializadas como no-blancas. 

La génesis de las transiciones justas y los nuevos tratos verdes exhiben un escenario amplio de inequidades y desigualdades. Las mujeres negras, aunque haya estadísticas oficiales que las borren del panorama, son las principales víctimas de las violencias producidas por un sistema racista que no excluye el ámbito ecosocial. Si entendiésemos a Puerto Rico como una colonia afrodescendiente, interpelada como tal a nivel internacional, se facilitaría el delinear un mapa que conecte a Puerto Rico con otras regiones en las que la crisis actual global es inequívoca. Por causa del colonialismo, Puerto Rico es excluido o no se siente interpelado en conversaciones relacionadas con las crisis ambientales. Por ello, resulta imperativo incorporar el análisis interseccional para entender las particularidades y los contextos de las desigualdades y los impactos de la crisis climática en cuerpos femeninos empobrecidos y racializados como no-blancos. Una mirada interseccional que vislumbre políticas antirracistas y de equidad de género es, sin duda, una herramienta para guiar políticas hacia una transición justa inclusiva. Mientras no se reconozcan los problemas ni se apunte a los responsables, se dificultará encaminar procesos de transición hacia un nuevo pacto social que garantice los derechos humanos de todas las personas. 

Transformación justa

Una transformación estructural urgente en los sistemas políticos es la aceptación de la existencia del racismo antinegro y de un (cis)tema patriarcal y heteronormativo en Puerto Rico. Dar ese paso, permitiría atender el prejuicio, el discrimen, el hostigamiento y la violencia racial y de género de forma holística para lograr transiciones justas y un nuevo tratado ecosocial. Las luchas antirracistas y por la equidad de género insulares no son un invento reciente. En Puerto Rico, el movimiento antirracista y el movimiento feminista –con sus luces y sombras, aciertos y desaciertos– tienen un historial ininterrumpido de activismo político. Sin embargo, la lucha es contra todo un sistema articulado que dificulta la concepción de un proyecto de país antirracista y con perspectiva de género que plantee formas solidarias de reproducir la vida, el bienestar social y la equidad desde una óptica interseccional, las relaciones saludables, responsables y sostenibles con el medio ambiente y que, a su vez, contemple el proceso de descolonización. 

Hace falta que no se cuestione o se dude cuando se denuncian prácticas racistas en las instituciones gubernamentales y en los medios de comunicación. Hace falta que se reconozcan y se privilegien las voces de mujeres negras cimarronas que históricamente han liderado las luchas comunitarias con reclamos puntuales que le harían la tarea al Estado si quisiese establecer políticas públicas antirracistas. Hace falta que cuando se hable de pobreza y deserción escolar no se piense en que son elecciones voluntarias de las comunidades no-blancas. Hace falta que se expongan los datos sobre quiénes encabezan las estadísticas de personas sin hogar, sobreviven con salarios paupérrimos, son víctimas de un sistema de justicia maniqueo y que se enfrentan a las precariedades de los sistemas de salud y educación. Hace falta atender a las comunidades empobrecidas y garantizarles sus derechos humanos. Hace falta realizar censos insulares que evidencien el colorismo y el privilegio blanco. Hace falta detener el genocidio negro y poner un alto a la ruta de la muerte de las poblaciones sureñas bañadas en cenizas. Hace falta garantizar el derecho a un medioambiente sano para las comunidades negras y pobres a las que sistemáticamente se les ha violado ese derecho. Hace falta la incorporación de políticas públicas con perspectiva de género y antirracistas.  

El país tiene que exigir la atención urgente de las crisis sociales, ambientales y climáticas; el Estado tiene que obedecer el mandato ciudadano para lograr un nuevo tratado ecosocial y garantizar el derecho a la vida digna de la población. Sólo así se podrán atender las causas de las crisis que estamos enfrentando y que afectan y añaden opresiones a las personas negras, a las mujeres y las personas no-binarias.  

Notas

  1. Ver: http://www.estadisticas.gobierno.pr/iepr/LinkClick.aspx?fileticket=XNd4xX_dMjg%3D&tabid=186
  2. Es una prerrogativa de la autora referirse al racismo en Puerto Rico como racismo antinegritud o racismo antinegro. De esta forma, enfatiza el racismo que sobreviven cotidianamente las personas visbilemente negras o no-blancas en el archipiélago. Inclusive, políticamente, se acentúa que las personas puertorriqueñas son afrodescendientes y son racializadas como no-blancas e inferiores.   

Referencias

Bonilla, Y. y LeBrón, M. (eds.). (2019). Aftershocks of Disaster. Puerto Rico Before and 

After the Storm. Chicago, Illinois: Haymarket Books.

Caraballo-Cueto, J. y Godreau, I. (2021). Colorism and Healh Disparities in Home 

Countries: The Case of Puerto Rico. Journal of Immigrant and Minority Health. https://doi.org/10.1007/s10903-021-01222-7  

Crenshaw, K. (2016) The Urgency of Intersectionality. TED Talk

https://www.ted.com/talks/kimberle_crenshaw_the_urgency_of_intersectionality

De Onís, C., Lloréns, H. y Santiago, R. (2020). “¡Ustedes tienen que limpiar las cenizas e irse de Puerto Rico para siempre!”: la lucha por la justicia ambiental, climática y energética como trasfondo del verano de Revolución Boricua 2019. Editora Educación Emergente.

Lloréns, H. (2020). Puerto Rico Coal-Ash Material Publics and the Summer 2019 

Boricua Uprising. Society and Space Forum The Decolonial Geographies of Puerto Rico’s 2019 Protests. 

Lloréns, H. y Stanchich, M. (2019). Water is Life, but the Colony is a Necropolis: 

Environmental Terrains of Struggle in Puerto Rico. Cultural Dynamics. 31(1-2). 

Ramos, B. (2020). La recuperación será en comunidad o no será. 80 grados.